Cuando pensamos en ansiedad, solemos imaginar algo dramático: un ataque de pánico, taquicardia intensa. Pero la ansiedad, en la mayoría de los casos, es mucho más silenciosa y cotidiana: preocupación constante que no se apaga, dificultad para desconectar aunque "todo esté bien", tensión física sin causa clara, o la sensación de estar siempre anticipando que algo va a salir mal.

Algunas señales frecuentes: dificultad para dormir por pensamientos que no paran, necesidad de controlar situaciones que en realidad no dependen de ti, cansancio físico sin una razón evidente, y una sensación general de estar "en alerta" incluso en momentos tranquilos.

La buena noticia es que la ansiedad, aunque incómoda, responde bien al trabajo terapéutico. No se trata de eliminarla por completo — la ansiedad, en su justa medida, es útil — sino de entender qué la está disparando y recuperar una relación distinta con la incertidumbre.

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