Es una de las preguntas que más escucho: "¿por qué soy tan dura conmigo misma, si con los demás soy comprensiva?". La respuesta casi nunca tiene que ver con falta de voluntad — tiene que ver con lo que aprendiste que tenías que ser para sentirte segura o valorada.

Cuando de niña el afecto o la aprobación llegaban solo si hacías las cosas bien, sin errores, sin quejarte, sin pedir demasiado, el cerebro aprende una regla simple: exigirme es lo que me mantiene a salvo. Esa regla, que en su momento tuvo sentido, se queda instalada mucho después de que deje de ser necesaria.

De adulta, esa dureza se disfraza de exigencia personal, de "querer ser mejor", pero en el fondo suele ser miedo: miedo a no ser suficiente, a decepcionar, a que dejen de quererte si bajas la guardia.

Trabajar esto no es aprender a ser "más blanda" contigo — es entender qué función cumplió esa dureza y empezar a construir una relación contigo misma que no dependa del miedo.

¿Te sientes identificada con esto? Hablemos, sin compromiso.

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