Es esperable sentirse mal después de una separación, sobre todo si hay hijos, una vida construida en común y una identidad que dependía en parte de ese proyecto compartido. Pero hay una diferencia entre el duelo natural de una ruptura y una depresión instalada que necesita ayuda.
Algunas señales a las que prestar atención: tristeza que no cede con el tiempo, dificultad para disfrutar de nada, refugiarte cada vez más en el trabajo o las obligaciones para no sentir, cansancio que no se explica solo por el estrés de reorganizar la vida, y una sensación de estar funcionando en piloto automático más que viviendo.
Es frecuente, sobre todo si además hay hijos de por medio, que la persona posponga atender esto porque "hay que seguir adelante por ellos". Pero sostener ese papel sin espacio para procesar lo propio suele pasar factura más adelante, no menos.
Pedir ayuda en este punto no es un signo de que algo va mal en cómo estás llevando la separación. Es una forma de asegurarte de que la reconstrucción se hace sobre una base sólida, no sobre el agotamiento.
¿Te sientes identificada con esto? Hablemos, sin compromiso.
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